INCREÍBLE, PERO SON FAMOSOS
En un lugar del mundo donde siempre querré estar recordando, en un ambiente rural, presencié un espectáculo aparentemente rústico, aparentemente ingenuo, aparentemente improvisado.
Creí estar presto a presenciar un acto de circo popular, de esos que recorren todo un país en sus destartalados camiones anunciando sus “fantásticas proezas” a “precios de entrada aún más espectaculares”.
Unos tres músicos humildemente vestidos con unos instrumentos aparentemente hechos por un latonero habilidoso cualquiera, se acomodaron en una pared del fondo de una casa solariega rodeados por nosotros los espectadores de pie. Los músicos nos miraban y se miraban entre ellos sonriendo pícaramente, como diciendo,”ya que están aquí, van a perdonar nuestros errores, que forman parte del repertorio. Una característica de los instrumentos era que cada uno tenía una corneta metálica, como la de los primeros años de las vitrolas, ¿saben de qué les estoy hablando? Uno, tocado por una señora, era una especie de bajo, cuyo instrumento tenía hasta paja seca.
Cuál no sería la sorpresa de que los músicos sacaban de este aparentes “cacharras”, deliciosas melodías cultas, y siempre con sus sonrisas de “yo no fui”.
Otra característica de los músicos era que, después de su interpretación, tomaban sus instrumentos y se mudaban para otra parte del fondo de la casa, y éramos los espectadores quienes teníamos que acomodar para seguir oyéndolos. Las “cornetas” adheridas a los instrumentos eran dirigidas hacia nosotros.
Un señor con cara de marginal pacífico, los seguía con una cestita. Él tocaba lo que resultó ser un violín, dirigió su corneta hacia la canasta, y algo minúsculo se adhirió al improvisado violín: ¡Era una guácara pequeña, un caracol! Y con el caracol moviéndose lentamente por el instrumento, por el arco del violín, siguió aquel extraordinario y extraño concierto.
Llegó un momento en que nos invitaron a entrar a una especie de rancho tropical y lo que vimos allí fue igual de extraordinario y extraño: Imagínese la fantasía de un niño ingenioso que juega en un parque construido por él con todos los hierros viejos que hubiese podido encontrar por doquier. Haciendo un círculo con estos aditamentos, en el que una parte hacía de toboganes, suba-y-baja, etc. Y ¿se imaginan ustedes quienes eran los felices niños que iban a usar estas divertidas facilidades? ¡LOS CARACOLES que disfrutaban de la música!
“Son gente ingeniosa que nos están tomando el pelo”, me dije. Bueno, verdad a medias.
Lo primero que me averigüé es que los músicos no tienen que ver con la gente de los caracoles. Son dos compañías artísticas diferentes muy famosas que se pusieron de acuerdo para ese día.
El proyecto de los caracoles se llama “ 2 Rien, Mercy “. Y el proyecto de los músicos se llama “ “. Ambos pueden verse por Internet.
Quiero aclarar que no les estoy publicidad en lo más mínimo.
Mi interés es destacar la creatividad de estos increíbles seres humanos.