MIRIAM Y EL CURA “DESTRUCTOR”
Hacia septiembre del año 60 llegué a Carúpano, dispuesto a estudiar el año que me faltaba para terminar mi bachillerato. Una de las primeras cosas que hice fue visitar a mi amigo, el padre Márquez en la casa parroquial de la iglesia Santa Rosa. Fui acompañado de mi hijita Miriam, que no había cumplido los dos añitos, pero era una cotorrita que repetía todo lo que oía.
El padre me confesó que le iba extraordinariamente bien en Carúpano. Y entre una y otra cosa, me contó que un muchacho con ciertos problemas mentales se le acercaba de vez cuando para reclamarle que el padre quería echar abajo la torre de la iglesia, y que él no se lo iba a permitir.
Lo cierto del caso era, me contaba el padre, que él se encontraba en los preparativos para una obra de restauración de la iglesia, porque ésta ya la estaba necesitando. Y con la llegada de ingenieros y albañiles haciendo pruebas y mediciones, el muchacho en cuestión estaba muy pendiente de estas actividades, y se estaba poniendo crecientemente intenso.
— Si usted quiere tumbar la torre de la iglesia lo voy a joder antes, lo amenazó.
Un día –me dice– me encontraba en el altar mayor haciendo unos arreglos, la iglesia totalmente sola y de repente se me presentó el muchacho, amenazante:
–¡Ay cura, cura, se te llegó el día, cura. Te voy a joder, cura!
Yo no sabía qué hacer, contaba el padre. El muchacho tenía los ojos como vidriosos, y aunque no tenía historial de violento, a mí se me heló la sangre. ¡Qué hacer, Dios mío! Veía los candelabros y en ráfagas de segundos me decía que podía defenderme con ellos, pero ¿qué diría el pueblo? Él era un muchacho pacífico, hasta entonces.
Dios oyó mis súplicas. Se presentó un feligrés a depositar una limosna, el muchacho se distrajo, el feligrés habló conmigo, y tal como entró el muchacho salió de la iglesia.
La semana siguiente, repetí la visita, pues el padre me había entusiasmado con la propuesta de montar con el coro del Liceo Simón Rodríguez —creación suya– un canon. Y mi hijita Miriam, al ver al padre, le dice:
¡Ay cura, cura, te voy a …. No pudo continuar porque inmediatamente le tapé la boca con mi mano.
—Mi padrino Alcántara la llama “pico de oro”. No puede sostener una conversación, ¡pero repite todo!