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Profesor Luis Andrés Hernández

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Luis A. Hernández G.

Lo importante es el diploma, ya habrá tiempo para aprender!

August 20, 2016 / Infancia

MI PRIMER MAESTRO: EL MAESTRO MAXIMILIANO

En mi infancia preescolar, había en Canchunchú un señor llamado Maximiliano, a quien las madres le enviaban a sus hijitos «para que les enseñaran las primeras letras”. El Maestro Maximiliano, era de carácter fuerte. Su único objetivo era que sus alumnos aprendieran la cartilla (el abecedario) y «las cuatro reglas»: las tablas de sumar, restar, multiplicar y dividir.

La escuelita era una sala vacía con sólo una mesa y unas reglas de diversas formas y grosor. Eran «recursos auxiliares» para el aprendizaje. No había asientos. Cada alumno debía llevar su sillita, sobre las que él cuidadosamente labraba nuestras iniciales. Las letras nos parecían lindas, porque el Maestro Maxiliamo también era artista del grabado y del pincel. Mi sillita, identificada con las letras LAH, hecha por el señor Juan Barreto, carpintero de Canchuncú, fue conocida por mis hijos, Miriam, nacida en 1959, y Luis Ramón, nacido en 1965.

En una habituación contigua, el Maestro tenía un taller que nos parecía mágico (y yo llamaría hoy día, un laboratorio de alquímia). Él fabricaba maracas. Escogía los frutos bien redonditos de unas matas de taparo que tenía en el fondo, y otros que le traían de regalo. Los raspaba para quitarle lo verde, les sacaba la tripa, los ponía a secar, se aseguraba de que la tripa seca se fuera eliminando con unas piedritas puntiagudas que metía por los dos polos de la esfera del fruto, y que giraban cuando él las agitaba como si estuviera tocando maracas.

No, él no nos enseñaba eso, lo observábamos diariamente en los momentos en que hacíamos la tarea que nos asignaba. Una vez bien secos los taparos, venía la tarea artística que realizaba después de terminada la clase. Con singular maestría trazaba figuras geométricas sobre el taparo seco, primero con un lápiz grueso de carpintero y sobre estas líneas, con un punzón las repasaba y pintaba de colores vivos y brillantes. Las ponía luego a secar, y una vez secas, les ponía los capachos y les insertaba el palo de la maraca que él labraba y lijaba con maestría. El resultado era verdaderamente increíble. ¡Eran como las plumas de un papagallo! ¡O como una cometa, que nosotros llamábamos un «volador»! Siempre tenía encargos.Y volvía de nuevo a la rutina.

El Maestro Maximiliano preparaba unas cartillas de madera combinando un rectángulo con su mango de agarre. Allí labraba las letras del alfabeto y los número del 0 al 9. En ellas aprendíamos el alfabeto que nos las tomaba en forma consecutiva, de fin a comienzo y últimamente salteadas. Y así los números. Una vez aprendidos venía la laboriosa enseñanza de la suma. Primero con dos cifras. Con paciencia primero, pero después esperaba de nosotros velocidad en las respuestas. Estaba estrictamente prohibido el uso de los dedos, y aquí entraban en función las reglas de madera. Teníamos que poner las manos frente a él con los brazos extendidos. ¡3 y 4! ¡7 y 8! ¡6 y 6! Una regla muy delgada y larga, que él llamaba «la plana» aseguraba que no moviéramos los dedos para responder. Por supuesto, que no nos hacía gran daño, pero las palmas de las manos nos quedaban ardiendo. La operación de restar la convertía en un juego. Si restábamos el resultado de la suma con el segundo sumando, ¡nos daba el otro sumando! ¡Y con esto hacíamos competencia! Hasta allí llegaba; nos hacía memorizar solamente las tablas de multiplicar y dividir, pero no con la rigidez ni la intensidad de la suma y la resta.

Al final descubrimos que si nos aprendíamos las tablas, aquella cara rígida del Maestro Maxiliano se transformaba totalmente con el asomo de una sonrisa. Y llegamos a quererlo. Este entrenamiento duraba aproximadamente año y medio. Yo me pregunto por qué hoy día, hay muchachos que terminando el bachillerato todavía cuentan con los dedos.

Ojo, no usábamos cuadernos ni lápices en esta escuelita. Suplía la carencia, una (lámina de piedra) pizarra con marco de madera, y a manera de lápiz, un «plomillo» que trazaba en blanco nuestros primeros esbozos de letras, números y operacioners de sumar y restar, y escondidos del maestro, caritas y muñequitos…

ooo

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