¿DIFERENCIAS CULTURALES?
Bloomington, Indiana University. Comenzaba la década de los setenta. Había una buena cantidad de estudiantes latinoamericanos inscritos en la Escuela de Educación. El jefe del departamento de lingüística aplicada era un académico de renombre.
Poco tiempo después de iniciarse el primer semestre recibimos de él una invitación para una “fiesta” en su casa. — Amigos, están en su casa, bienvenidos. Aquí esta la cerveza, los que quieran refrescos pueden servirse aquí, allá los pasapalos… ¡Y desapareció…! No sin antes indicarnos que tuviéramos respeto y consideración por los vecinos, que debíamos hablar en voz baja para que no hubiera ningún motivo de quejas de su parte.
Entre los invitados había un profesor americano que hablaba muy bien español por haber vivido en Colombia unos 12 años, y entre nosotros un compañero colombiano muy alegre, divertido, muy buena persona quien se convertía rápidamente en el alma viva de toda reunión estudiantil. Además era conocedor del medio pues ya llevaba dos años trabajando hacia el doctorado.
La mayoría éramos recién llegados y no acostumbrados a lo que el doctor llamaba “fiesta”,porque ignorábamos qué debíamos esperar de él, y cuál nuestro rol de invitados.
El profesor invitado y el estudiante colombiano (Hugo, costeño) se apartaron un momento del grupo y se reintegraron como a los cinco minutos. El compañero me dice:
–Luis tú me dijiste que le metes al cuatro, ¿tienes un cuatro, maracas, charrascas?
Le contesté que efectivamente tenía un cuatro y unas maracas, pero no charrasca.
–Bueno, anda en tu carro a tu apartamento y tráete el cuatro y las maracas; el profesor tiene una guitarra que la va a traer, y ya conseguiremos cualquier vaina que nos sirva de charrasca. Nos vamos en el carro del profesor. No te demores.
Fuimos y regresamos con los instrumentos. Hugo nos dice:
Compañeros, la fiesta la vamos a hacer nosotros. Empezaremos a conocernos bien, a hablar de nuestros países, de nosotros y nuestros proyectos. Luego haremos una sesión de chistes y finalmente, el que se sepa una canción la cantará y cuando entremos en calor, cantaremos en grupo lo que se nos ocurra. Todo de manera espontánea ¿De acuerdo?
Todos estuvimos de acuerdo y seguimos sus indicaciones. Luego de la introducción pasamos a los chistes contados a nuestras maneras, no como los cuentan los americanos. Salieron, por ejemplos, los cuentos colombianos, los venezolanos, los de los gallegos, los equívocos entre las cosas que se dicen en un país y no se puede decir en otro, etc.
Apareció el doctor, “No se rían tan alto. ¿De qué se ríen tanto?” El profesor americano le explicó el tipo de humor que manejábamos, y el doctor fingió entender pero que por favor lo contáramos en inglés. “No se puede doctor, eso no se puede traducir, eso se vive…” se empeñaban Hugo y el profesor en hacerle entender al doctor. Éste volvió a desaparecer, pero no convencido del todo de las explicaciones. “¡Bajen la voz, please!
El profesor americano cantó un vals peruano en voz baja y tímida; cantó Hugo, cantaron otros y hasta aparecieron tríos que cantaban imitando a Los Panchos. Y una gran coral (la intención, nada más) interpretó “Allá en el rancho grande”, “Las mañanitas”, “Yo vendo unos ojos negros”, y yo me encargué de que no faltara nuestra “Alma Llanera”. Ya eran las diez de la noche…
El entusiasmo se congeló ante una nueva presencia del doctor. Esta vez mostraba una inmensa satisfacción:
–Los vecinos me han llamado para felicitarme por haberles ofrecido unos de los momentos más felices que hayan vivido en la urbanización. ¡Y que por favor, sigan cantando! Mis más sinceras felicitaciones. ¡Gracias!