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Profesor Luis Andrés Hernández

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Luis A. Hernández G.

Lo importante es el diploma, ya habrá tiempo para aprender!

May 9, 2019 / Margarita

¡DENME UN PALO, CARAJO!

Habíamos terminado un Consejo Universitario y nos disponíamos a regresar a casa desde el aeropuerto de Cumaná. En el avión viajaba un abogado y político altamente conocido en Margarita. A éste le tocó un asiento que daba el frente al resto de los pasajeros. Yo iba en un asiento que me permitía ver fácilmente las hélices del motor derecho del avión.

De repente, oímos que el nivel de ruido de los motores del avión disminuyó notablemente, y yo especulaba que era en un cincuenta por ciento. Veo al amigo político pálido, con los ojos desmesuradamente abiertos, fijos hacia un punto fuera de la cabina, a su izquierda. Procuro de inmediato tratar de saber qué miraba el amigo que le causaba tanto espanto, y en seguida ¡me doy cuenta de lo que estaba pasando! .Las hélices del motor a su lado izquierdo —a mi lado derecho— giraban sólo por su roce con la brisa, ¡el motor se había apagado! El avión apenas había salido del aeropuerto.

La alarma inicial de los pasajeros es interrumpida por el anuncio del capitán de la nave:

—Señores pasajeros, tenemos una situación inusual en la nave. Nuestro motor derecho se ha detenido. Si ustedes permanecen sentados y con calma, el capitán, quien les habla, y el resto de la tripulación, les garantizamos que con un solo motor estamos en capacidad de aterrizar el avión. Les agradecemos toda la colaboración al respecto.

Y así fue. El avión dio la vuelta y se posó suavemente minutos después sobre la pista. Como acostumbramos los venezolanos, al tocar tierra el avión, hubo grandes aplausos, oraciones de gracias a la pericia de los comandantes y a Dios. Todos estábamos muy asustados, pero muy contentos: ¡Era como volver a nacer!

Cuando se detuvo el avión, uno de los pasajeros corrió hacia el edificio aeroportuario, y llegando a la cantina gritó: Dénme un palo, ¡carajo!

Yo, que no suelo tomar, y estando tan asustado y agradecido como los demás, se me ocurrió pedir medio vaso de brandy, que en vez de devolverme el ánimo, me hizo sentir como un imbécil, ¡mareado y con ganas de vomitar!

Y como dice el chiste, “Si la sangre hiede, estoy herido”, regresé a Margarita en una vieja chalana que tardó cuatro horas en llegar…

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