LUIS RAMÓN EL VIEJO
Choíta recibió un telegrama: “Estoy muy enfermo. Espérenme Muelle de Cariaco mañana primeras horas”. Organizar un viaje de esa naturaleza para buscar a papá, contra el tiempo, era súmamente difícil. Todos ya tenían compromisos contraídos para el día siguiente y había que salir bien de mañana. Mamá decidió hablar con Chavelo, un chofer amigo, quien aceptó llevarnos por una módica suma. Cuatro horas se llevó el viaje de ida. La carretera era de tierra; llovía y había sectores difíciles de transitar. Era junio de 1943.
Papá era “celador” de alambiques, el controlador o fiscal gubernamental de las actividades de los que procesaban ron. Se había bañado en un río crecido y se prendió en una fiebre altísima que nunca cesó. Llegó a Muelle de Cariaco en un bote. Lo habían trasladado en hamaca desde San Juan de Cotúa, llevado al puerto más cercano del Golfo de Cariaco y de allí a Muelle de Cariaco por barco. Fue una enfermedad muy violenta. Tenía dos días y medio enfermo y ya no podía camiinar. Sin embargo estaba muy lúcido:
—“¡Estoy grave Choíta, ya no puedo caminar!
Con la ayuda de la gente de allí, sacaron a mi papá del bote y lo montaron en el carro de Chavelo. Y de inmediato tomamos la vía del regreso.
Desafortunadamente, poco después de pasar Cariaco el automóvil empezó a fallar y llegó un momento en que el motor se detuvo y no arrancó más.
Allí esperamos un tiempo muy angustiados, hasta que se acercó una camioneta que lucía muy nueva. Se detuvo a ver qué nos pasaba y si podían ser útiles. Cuál no sería la sorpresa para Choíta, que allí venía el vecino de mi abuela Cruz, “Macú”, mamá de mi papá. Sin perder más tiempo, embarcaron entre todos al enfermo y seguimos viaje. A pesar que la llovizna era pertinaz, hicimos buen viaje, porque la camioneta era nueva y alta.
Al llegar a Carúpano, de inmediato se llamó al doctor Otaola, quien ya estaba al tanto de que en cualquier momento llegaríamos con papá. Murió unos tres o cuatro días más tarde.
Fue diagnosticado con una severa infección ocasionada por haberse bañado en aguas contaminadas. En los años cuarenta los estudios sobre la penicilina estaban muy activos y avanzados tanto en Inglaterra como en Estados Unidos, pero su venta aún no se había popularizado.
Papá murió joven, comenzaba sus cuarenta. Yo tendría unos 9 años, y Reinaldo apenas lo recuerda. Gente que después fue importante en el devenir venezolano nos habló muy bien de él. Entre ellos, el futuro general Ramón Florencio Gómez, varias veces Ministro de la Defensa, el musicólogo Francisco Carreño, y sus hermanos músicos, Inocente y Juan Carreño, y un amigo que todavía vive, Gustavo Rodríguez, compañero en la Banda Municipal “Ángel L. Viña” , y además Luis Lyon, destacado músico.
El que hayan reconocido la bonhomía de nuestro padre, nos llenan de orgullo a Reinaldo y a mí.