EL CACHO DE SILVIO
Silvio debe andar en sus ochenta. Es de esas personas que uno nunca olvida. De niño, en Carúpano, jugando con un condiscípulo –“Callitico”– por poco pierde un ojo cuando con la punta del lápiz que tenía éste en el bolsillo de la camisa, le golpea la córnea al jugar a la lucha libre. Silvio era muy vivaz e inteligente. Años después se graduó de abogado y como tal tuvo una carrera brillante.
Yo tenía muchos años que no lo veía, y en la casa de un amigo común –Juancito- nos encontramos de nuevo y lo celebramos con anécdotas de toda la vida y un intercambio de “cachos” (chistes, cuentos) viejos. Entre tantos le celebro el siguiente:
“Sabes Luis que un par de ancianos decidieron celebrar sus 75 años de vivir en pareja. A su fiesta asistieron hijos, nietos y bisnietos, y una buena cantidad de amigos. Para la pareja todo iba muy bien, hasta que supieron que el cura del pueblo iba de mesa en mesa, comentándoles a los invitados que estaba muy bien la fiesta por la importancia de esta unión longeva. Pero que la verdadera celebración debía haber empezado con su casamiento por la iglesia porque nunca se casaron, ni siquiera por el civil. Por lo tanto, no tenían la verdadera bendición sagrada. Este comentario mortificó mucho a la señora. Convencida, le dice al viejo:
—Mira amor, el padre tiene razón, ¡nosotros debemos casarnos!
El viejo se queda unos segundos pensativo, y luego, muy juicioso, le responde,
—Mujer, pero tú pareces pendeja. A esta edad, ¿quién coño va a querer casarse con nosotros?”
ooo