FELIPE EL CURIOSO
Rosa y yo nos casamos el 16 de mayo de 1956. Trabajaba yo en Puerto Ordaz como radiotelegrafista en la Orinoco Mining Company. Poco tiempo después tuvo un embarazo frustrado.. Como consecuencia del aborto, un veterano médico de Ciudad Bolívar dictaminó que el aborto no fue debidamente atendido en su oportunidad, y por lo tanto iba a ser muy difícil que volviera a salir embarazada, al menos durante un tiempo que podía ser largo. Nos hizo un informe médico del problema y nos refirió a un especialista de Caracas.
Me dieron vacaciones laborales y antes de ir a Caracas decidimos ir a Carúpano por un par de semanas y ponernos de acuerdo con Choíta y los padres de Rosa sobre los preparativos del viaje y la atención que podría Rosa necesitar.
En el oriente venezolano se da el nombre de “curioso” a los curanderos. Y mi suegra decidió ir casa de un curioso llamado Felipe que vivía entre el Mercado Municipal y Playa Grande. En la seguridad de que yo no iba a aceptar poner a mi mujer en manos de un curioso y que todo estaba planeado para llevarla a Caracas, le contó el caso al señor Felipe y éste le dijo que no era necesario llevarla, pues con sólo una muestra de orina él daría su “diagnóstico”. La señora Petra logró de su hija la muestra de orina “para un análisis”, sin darle detalles del laboratorio que la iba a examinar. El otro día por la mañana se apareció la señora Petra con una botella de “medicina natural” y la recomendación de que no fuéramos a Caracas sino después de haberse tomado el contenido de la botella. La intención era “limpiarla” antes de que el especialista la examinara, para que su tratamiento fuera más exitoso.
Se terminaron los días de vacaciones y Rosa no terminó la botella sino casi un mes después. Decidimos volver al médico para que actualizara el informe para ir Caracas, acompañada de Choíta y la señora Petra, pues yo tenía que trabajar. El médico no nos pudo atender pues salía de viaje, y nos dio cita para el mes siguiente. Como el tratamiento iba a ser largo, un retardo de unos veinte días no tenía ninguna consecuencia significativa. Llevé a Rosa a la cita el mes siguiente. La vio y nos pidió que regresáramos el día siguiente.
Al regresar el otro día, el médico tenía las manos en la cabeza. Rosa estaba embarazada, y llamándome aparte me dijo que era la peor cosa que le pudiera haber pasado, porque iba a ser un embarazo complicado. “Lo que voy a hacer…” continuó, “es hacerle un seguimiento estricto. Cualquier cosa que crean anormal, usted me lo manifiesta de inmediato”.
En verdad Rosa tuvo un embarazo muy complicado. Y la intención del doctor de que tuviera un parto normal se vio frustrada por la prolongada espera que lo obligó a practicarle una cesárea a última hora.
Estuve a punto muchas veces de decirle la verdad al médico sobre Felipe, el curioso. Pero no me atreví. Si algo malo llegaría a pasar, tanto Rosa como yo habíamos decidido no echarle la culpa a la señora Petra. Lo que hizo fue por amor a su hija, no para perjudicarla.
Cuando la enfermera salió, después de una larga espera, para anunciarme que tenía una bella niña, sufrí un ataque de llanto, prolongado e incontenible. Me dirigí a la habitación de la clínica, todavía llorando, y un grupo de señoras me siguió. Y adentro, una de ellas, muy maternalmente me dijo:
—¡Cálmate hijo, que hijas también sirve! Y mira que sirvió. Es mi hija Miriam, hoy feliz esposa, madre y abuela, pero sobre todo guerrera, valiente que nos ha hecho felices y orgullosos a todos.