MI POBRE COMPADRE MUSIÚ
Conocí a Tomás N. en 1952, estudiando radiotelegrafía en la Escuela de Telecomunicaciones de Caracas. Hicimos amistad a primera vista. Era el tipo de amigo que quería tener: culto, extrovertido, generoso, con un sentido extraordinaria de la amistad. Y con estos adjetivos, fue un amigo que me cayó del cielo. Yo vivía una crisis existencial: Había llegado a Caracas para estudiar pedagogía y no pasé el examen de admisión, prácticamente me mandaron a sembrar papas, que yo no tenía aptitudes para la enseñanza. Herido en mi orgullo estuve depresivo, no tenía un centavo en los bolsillos y no quería regresar a Carúpano fracasado. Y este nuevo amigo me daba ánimo.
Tomás no era venezolano. Me dijo que era checoeslovaco, que había perdido a sus padres en la Segunda Guerra Mundial, y que en su tragedia, el destino lo había traído a Venezuela. Estudiaba radiotelegrafía porque necesitaba un título para establecerse. Me impresionó que hablaba una docena de idiomas, pero me decía que no había por qué asombrarse porque prácticamente el checo, el eslovaco, y el alemán lo aprendió de niño. Y que el alemán le facilitó el aprendizaje del holandés y belga, y otros idiomas. Hablaba español perfectamente, sin acento de ningún tipo.
Me daba muchísima curiosidad que su oído musical para tararear una melodía dejaba mucho que desear, pero de vez en cuando sacaba su bandoneón y tocaba ¡leyendo música! Era un magnífico lector. No me olvido que la primera vez que lo vi leyendo, leía El Archipiélago Gulag de Pasternak en Inglés. Y me habló del libro. Era muy estudioso, y practicaba recepción de morse con un grabador ¡de alambre! Que a menudo se enredaba y le hacía perder la concentración.
Nos hicimos grandes amigos. Cuando terminamos de estudiar tuvimos la suerte de conseguir trabajo en la Orinoco Mining Company, subsidiaria de la US Steel Company como radiotelegrafistas. En los primeros meses del trabajo prácticamente tanto la guardias mías como las de él, las hacíamos en duplex. Yo era muy joven y no tenía la experiencia de interacción social que él desplegaba con gente de diferentes países que laboraba en el puerto de embarque de hierro a diferentes partes del mundo. Yo le era útil en aspectos técnicos más específicos de la radiotelegrafía. Total que en poco tiempo los dos nos sentimos cómodos con el trabajo y ya no teníamos que trabajar juntos..
Como a los dos o tres años de estar en Puerto Ordaz, Tomás empezó a sentir una molestia quizás de la columna vertical que cuando lo atacaba caía al suelo. No podía tenerse en pie. Una vez sufrió el problema con un dolor muy intenso. Me pidió que lo llevara al hospital local, allí recomendaron que lo llevara a Ciudad Bolívar. Allí me recomendaron que lo llevara a una clínica de Caracas. En el aeropuerto le arreciaron los dolores, pero con las indicaciones médicas para aliviarlo en algo, logramos tomar el vuelo. Llegando a Maiquetía estaba como loco del dolor. Al subir a Caracas, tuvimos que parar en un puesto de emergencia en Los Magallanes de Catia, donde hubo que inyectarlo con un fuerte analgésico, y al fin llegamos a la clínica recomendada. El diagnóstico fue complicado, había que operarlo de la columna, pero las expectativas de éxito eran muy bajas. Estamos hablando de 1954 o 55. Tomás decidió no operarse. Se quedó en Caracas y yo tuve que regresarme a Puerto Ordaz en la mañana siguiente, pues tenía trabajo al mediodía. Cuando Tomás regresó a Puerto Ordaz, se fue a Estados Unidos a la Clínica Mayo. La cosa tuvo solución con una cuña en los zapatos, pues el mal caminar le irritaba un nervio de la columna, y la columna tomaba la decisión –sin el permiso de Tomás– de desconectarse y por eso se iba al suelo, y el dolor fue la alarma final.
Tiempo despues de haber regresado a Puerto Ordaz, la situación política de Venezuela se puso muy caliente, y esto lo turbaba mucho. El Presidente era el señor Rómulo Betancourt. Éste sufrió un atentado en la Avenida de los Próceres de Caracas. Aunque el Presidente sólo sufrió quemadura de las manos, Tomás se puso muy nervioso. Me dijo, “Luis, así empezó Checoeslovaquia”. Y tomó la rápida decisión de irse a Estados Unidos en uno de los barcos cargueros de mineral de hierro que salían de Puerto Ordaz.
Se casó allí y se instaló en Nueva York. Lo visité allí en el verano de 1962. Tenía dos hijas lindas de poca edad. Y por diversas circunstancias, mías y de él, perdimos el contacto. Desde que tuve servicio de Internet lo busqué incansablemente. Bueno, al fin lo encontré ¡hace menos de un mes! ¡Donde menos lo pensaba!
Tomás me aparece en un museo de Estados Unidos, dedicado a las víctimas del holocausto judío, como superviviente. Nunca supe que era judío, aunque eso para mí me era igual a que fuera lo que sea. De sus padres sólo me dijo que los había perdido en la guerra, y que le era muy doloroso hablar de ellos. Me había hablado de haber tenido un hermano prodigio en música. Incluso me mostró una foto suya, tocando su violín para un médico que lo había operado. Este dato me aseguró que era mi compadre Tomás, al leerlo en la descripción del museo. Lo que leí allí fue tétrico. Y hasta una entrevista, donde pude verlo hablando de su tragedia de esos tiempos. Mi pobre Tomás. Toda su familia fue eliminada en los campos de concentración. Él mismo se salvó porque cuando le iba a llegar su turno terminó la guerra y fue rescatado.
Entendí así que el afecto de Tomás hacia mí, hacia Choíta, hacia mi familia materna, hacia mi esposa y hacia mi hija Miriam, su ahijada, era un afecto de lo más íntimo de su corazón, y que nuestro afecto hacia él lo sentía como bálsamo para la tragedia que le taladraba todo su ser. Cuánto me alegro de haberlo conocido. Hoy valoro al hombre integral que es. Le rogué al museo que me ayudaran a ponerme en contacto con él, y así lo hicieron.
En esas preguntas íntimas que se hacen los grandes amigos que se reencuentran, le dije, Tomás tú tenías ansias de tener un posgrado universitario. ¿Lo lograste? Y me contestó que hizo dos. Uno para trabajar, en Negocios, y otro por satisfacer su pasión, los idiomas.
Hoy Tomás tiene 90 años. Me cuenta que un poco deteriorado de los ojos y los oídos. Pero muy lúcido, con gran amor a la vida. ¡Y yo pienso que con un sentido de deber cumplido!
En horabuena, Tomás. Eres una gran lección de vida. Le doy gracias a Dios por haberte conocido.