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Profesor Luis Andrés Hernández

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Luis A. Hernández G.

Lo importante es el diploma, ya habrá tiempo para aprender!

May 9, 2019 / Infancia

LAS NUEVAS EDADES

Gloria Rodríguez-Pina, escribió el 30 de octubre de 2016 una nota periodística en El País, de España, un interesantísimo artículo, ¿Hasta cuándo eres joven y con cuántos años anciano? El debate sobre las etapas de la vida. Lo que escribe allí tiene mucha profesionalidad, por lo que altamente recomiendo su lectura. Por años, el tema ha sido motivo de muchas conversaciones y chanzas con mis amigos, tanto en fiestas como en velorios y entierros, situaciones en que « los viejos» la tomamos por «darle a la lengua».

Cuando nuestro amigo asuntino, Manuel Antonio Rodríguez Prieto, ya difunto, (sí, de los Prietos de La Asunción) cumplió 60 años, un «viejo» margariteño le endilgaba: «¡Ve esa vaina, Manuel Antonio cumpliendo 60 años! Eso, ¡es una falta de respeto! En mis tiempos, tener 60 años significaba tener la cabeza blanca, caminar con un prestigioso bastón, y sentarse al frente de la casa para que le pidieran la bendición o pedirle consejos. ¡Éste sí es vergatario! Mira, Manuel Antonio, tú lo que eres ¡es un muchacho de 60 años!

Y yo contaba en una oportunidad, que Papá Justo, mi abuelo, se negaba a que Choíta lo trajera para Carúpano a tratarlo médicamente, porque él no tenía nada: que simplemente se estaba muriendo, y que quería hacerlo en Cumacatar, en su rancho, oyendo ladrar a sus perros, rebuznar a sus burros, y con la bulla de los muchachos. ¡Completamente lúcido! (¡Mira Luis Andrés, en el primer centenario de la Batalla de Carabobo, ¡ya yo estaba en el servicio militar!)

A mí mismo me parecía vergonzoso que en la Universidad nos jubilaran a los 25 años de servicio, pues el promedio de edad del candidato a la jubilación era de 50 años. Por supuesto, eran sentimientos ocultos. Yo estaba seguro que a los cincuenta años un profesor estaba en la cima de sus potencialidades intelectuales. Es más, cuando cumplí 70 años, me sentía incomodísimo al hacer una cola de la tercera edad en un banco. Una vez, Reinaldo —no mi hermano, sino un comerciante octogenario de Carúpano– hacía la cola ayudándose con un bastón, cojeando lastimosamente, balanceándose como un barco en un mar bravo, valiéndose de mañas llegó primero que todos a la taquilla de pago, y luego que le pagaron, se le quitaron todas sus enfermedades articulatorias. ¡Salió caminando derechito, sonriente y sin muestras de arrepentimiento!

Y un bistío mío, casi octogenario, empreñó —no entre comillas—subrayado: empreñó— a una joven señora —no a su señora —porque ya era «vieja»— y para asombro de vecinos chismosos y malintencionados, ¡el muchachito salió igualito a él!

En cuanto a los de menor edad, la autora habla de los anuncios en Google de “jóvenes de 34, 35, 36, 37 e incluso de 38 años…” Te quedas corta Gloria: leí no hace mucho, en el mismo Google, que “un joven de 78 años, guapo y apuesto” ¡buscaba pareja!

Gloria Rodríguez-Pina, te felicito por tu trabajo investigativo y actualizado. A muchísima gente le va a interesar tu extraordinario artículo. ¡Es la Postmodernidad, Gloria! (Y perdona el tuteo, sin tu permiso. Es costumbre de viejo….joven).

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