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Profesor Luis Andrés Hernández

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Luis A. Hernández G.

Lo importante es el diploma, ya habrá tiempo para aprender!

May 13, 2017 / Cumacatar

MIRANDA, EL DE LA BANDOLA


En mis primeros años de retiro en Cumacatar empecé a indagar quiénes de los personajes de la zona vivían aún. Cuál no sería mi sorpresa que me informaron que Luis Miranda, un extraordinario ejecutante de la bandola oriental, vivía en El Algarrobito, poblado muy cercano de allí. ¡Toda su vida ha vivido allí! me decía el informante; bueno, no toda su vida. Lo conocí siendo yo un niño en Santana, allí vivía su mamá. Era paso obligatorio en aquellos tiempos, cuando se iba a Cumacatar por los cerros de Chuparipal. La mamá del señor Luis era amiga de Choíta, y una hija de la señora, la señorita Débora, era contemporánea suya.

Le fue difícil acordarse de mí. Yo era un niño de seis años, aproximadamente, la última vez que lo había visto, y él, cuando lo fui a visitar la primera vez en El Algarrobito, tenía unos ochenta y cuatro años. Pero al mencionarle a mi hermano Reinaldo, a Luis Mariano Rivera, a su participación en un disco que promocionó la Universidad de Oriente, fue lo suficiente para que me considerase uno de los suyos. Y desde allí reiniciamos una bella amistad.

Luis Miranda y su bandola oriental acompañó a Luis Mariano Rivera en toda su campaña cultural “Canchunchú Florido”, con una ejecución extraordinaria que le era muy particular. Participó en cientos de velorios de cruz y galerones. Y ya de cierta edad le honraron con la distinción de Patrimonio Viviente del Estado Sucre.

Mi compadre Alberto Valderrama Patiño, compuso en homenaje a sus aportaciones a la ejecución de su instrumento, un joropo titulado: “Miranda, el de la bandola”.

Muchas son las anécdotas recogidas a lo largo de su vida artística, pero hay una que es mi favorita, por su valor de ternura humana: Tengo un compadre, Rústico Vargas, cuyo padre, un longevo de unos 95 años para la época, gozaba de una salud mental y física extraordinaria.  Éste me dijo en una conversación, que él conocía a Luis Miranda desde hacía muchísimos años, y que le gustaría mucho volver a verlo. El compadre Rústico y su papá fueron a visitarme a Cumacatar, y yo les había ofrecido que nos detendríamos en casa de Luis en El Algarrobito.  No dijimos quién era la persona que lo quería saludar, de modo que el encuentro fue así:

—Luis, qué gusto me da verte después de tantos años. ¿Sabes quién te saluda?

—No, señor, no tengo el gusto. Ya no me acuerdo de mis antiguos amigos. Estoy ya muy

  viejo.¿Sabe? Tengo ya ochenta y cinco años. Difícil de recordar…

—Luis, ¿Te acuerdas de aquella muchacha que tú te sacaste y que su papá te iba a matar?

—Sí señor, me acuerdo, pero de eso hace muchos años. Yo era un muchacho apenas.

—Luis, ¿y te acuerdas quién le quitó el machete al papá de la muchacha?

—Sí, era mi amigo Agustín Vargas. Si no es por él, ¡no la estuviera contando!

Y abriendo desmesuradamente los ojos, ve bien al visitante, y le grita sumamente emocionado, ¡AGUSTIIIIÍN! …

ooo

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