LUIS RAMÓN Y LA COMIDA DE LAS GALLINAS
Tenía cinco años y Rosa Mercedes lo mandaba al corral de las gallinas a llevar las sobras de las comidas. Nos imaginábamos que la tarea la consideraba indigna, pues iba siempre de mal humor. Un día nos sorprendimos porque al pasar por detrás de la ventana de nuestro cuarto iba llorando amargamente: “Cuándo seré yo grande…” y repetía desconsoladamente, “¡Cuando seré yo grande…!”
Conmocionados, llegamos a pensar que algo andaba mal con la crianza que le estábamos dando a nuestro muchacho.
Con mucha delicadeza, al regresar, le pregunté:
–Luis Ramón, ¿ para qué quieres tú ser grande? ¿Quieres tener algo que no puedes tener ahora porque eres pequeño?
–¡Para casarme! Fue su respuesta tajante.
–Hijo, y ¿para qué quieres tú casarte? A lo que de la misma manera tajante me respondió:
–¡Pa no tené que echarle comía a las gallinas!
Pasaron los años, y un día, lo visitamos en Bloomington, Indiana. Ya estaba graduado en Indiana University y casado felizmente con Lizzy. En el bautizo de su primer hijo, Enrique, en un ágape con sus amigos más allegados, Luis Ramón se dirigió a los presentes para agradecerles su amistad y apoyo para llegar a donde había llegado. Y para terminar sus palabras se dirigió a nosotros y nos dijo:
–Papá, mamá: ¡Gracias por enseñarme a echarles comida a las gallinas…!
ooo