EL LLANTO DE PEDRO JULIO
Cada vez que veo a Pedro Julio Vásquez, celebro nuestra vieja amistad, y a manera de chanza hago como si le tomara el pelo y me riera de él porque hace muchísimos años, en tiempos del Cine Central de Carúpano, a mediados de los años cuarenta del pasado siglo, viendo los dos a cielo abierto la película «El Doctor Zhivago», oí unos sollozos bien sonoros de un espectador cercano a mí, ante una escena romántica de un amor sufrido que se le iba de las manos al amante en su difícil situación con Lara, la amada. El llanto abierto era de Pedro Julio. La bella y sumamente triste melodía de «La Canción de Lara» intensificó sus emociones.
–¡Es que soy muy llorón, Luis, lo he sido toda la vida!
Pero lejos de reírme del buen amigo, admiro, y me identifico totalmente con la liberación de esas emociones, porque no siendo yo llorón, lloré inconteniblemente por largas horas en dos momentos trascendentales de mi vida: Al nacer mi hija Miriam, primera descendencia, en un parto que casi le cuesta la vida a mi amada esposa; y en un logro, propio de un joven, en un país extranjero en una época en que yo ya era abuelo, con más de medio siglo de existencia encima.
No obstante las diferentes motivaciones que provocaron el llanto, siento una profunda admiración y asombro por el hombre —y la mujer—que no puede contener el llanto, y al no poderlo, le da rienda suelta y no se avergüenza en lo más mínimo de haberlo liberado. En primer lugar, por la extraordinaria descarga emocional liberadora de conciencias retenidas y quizás reprimidas, y en segundo lugar por lograrlo ante una sociedad, una cultura que ordena que calles, porque los valientes ¡no lloran!
Y otra característica, que en la experiencia uno no es uno, como si la persona entrara en un trance, o como dicen los psicólogos, experimentando «un estado alterado de consciencia». Y creo que es lo verdaderamente significativo del asunto. Un bofetón a los reduccionistas, que todo lo sintetizan en un simple proceso de estímulo-respuesta de origen totalmente mecánico.
Pedro Julio y yo no lloramos porque «somos de otra época». Es cierto que la cultura impone ciertos cánones en los sentimientos humanos. Si lo duda, acuda hoy a una funeraria, donde pareciera que está prohibido llorar como se quisiera. Pero los sentimientos humanos son tan auténticos hoy como lo fueron siglos y siglos antes de la Era Cristiana y de la Civilización Occidental. Hay gente buena y gente mala. Hay santos y pecadores. Hay trabajadores y perezosos. Hay asesinos y amantes y defensores de la vida. Es la naturaleza humana Pero permanece en nuestra naturaleza un atributo sutil herencia de la vida misma. Y así como es humana la risa, también lo es el llanto. La sociedad promueve la risa, pero reprime el llanto.
Felices los que, a pesar de estar reprimidos, no se han olvidado de llorar. Porque como en el caso de muchos, no solamente se llora de tristeza. También se llora de júbilo, de aplauso a la vida, de autorrealización. Por eso admiro a Pedro Julio, porque aún es capaz de llorar ¡a sus 86 años!—pues, como él tan espontáneamente lo confiesa: –¡Es que soy muy llorón, Luis; lo he sido toda la vida! Pues eso lo define como hombre realizado, y ¡como hombre alegre y optimista!
¡Felicidades Pedro Julio! Te admiro y me honra tu amistad. ¡Lo has hecho bien y seguirás haciéndolo!