ACOSO
En un sitio llamado La Cumbre vivía una joven señora regresada de Caracas donde trabajaba como servicio doméstico, a quien la vida la había tratado cuesta arriba. Cargada de hijos como madre soltera, y para más dolencias olvidaba sus penas tomando a costa de quien la brindara. Era buena persona, pero la vida le enseñó a ser resabiada.
Frente a su rancho se paró una vez una pick-up con un problema de recalentamiento, y el conductor le resultó a Maribel –que así la llamaban– sumamente simpático, y entre una y otra pregunta indagatoria descubrió que el chofer era divorciado, y Maribel soñó que quizá si lo enamoraba ese iba a ser el hombre que la iba a sacar de abajo.
Pasaron un meses y un día Maribel se percató que su posible tabla de salvación venía subiendo el cerro y se dispuso a pararlo, simulando que tenía que hacer una diligencia en el poblado vecino. Logró detenerlo y que la esperara mientras ella se acomodaba para el pequeño viaje. Al estar abordo empezó el ataque:
—Soy una persona abandonada de mi esposo. Él no tiene idea de la clase de mujer que abandonó, porque yo soy honrada, trabajadora, bien educada; es más, dentro de lo cabe, yo soy una persona culta, y sobre todo de total dedicación a los miembros de mi familia. Lo que pasa es que me enamoro como una tonta, y me equivoco. Y sobre todo, que no he encontrado al hombre que merezca mis cualidades…
En eso, el conductor ya ha observado que cuando Maribel hablaba le salía un aliento a alcohol, y le comenta, ¡Me huele a aguardiente! En verdad, ella había pasado una mala noche con un diente que le dolía agudamente, pero el comentario de su blanco no la amilanó, y prosiguió:
—Si. Es cierto. Soy yo. Pero no vaya usted a creer que soy una persona dedicada al consumo de alcohol. Pasé una mala noche con un fuerte dolor de diente, y para contrarrestarlo he tomado un buche de ron, que es lo único que me alivia.
A todas éstas, el conductor estaba impresionado con el verbo suelto de su pasajera, y se sentía algo incómodo con el ataque directo de Maribel. Ella siguió con su ataque cada vez más debilitada con su dolor de diente, y llegó un momento en que claudicó:
¡Coooño. Qué dolor de diente más arrecho!
Y esto acabó con su romance. Y en su despecho, regresó a su casa ya llegada la noche, cerro arriba, con una curda que en la voz de Gualberto, llevaba una pea que Dios me la guarde.