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Profesor Luis Andrés Hernández

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Luis A. Hernández G.

Lo importante es el diploma, ya habrá tiempo para aprender!

May 9, 2019 / Humor Campesino

LENCHO EL COMISARIO

Hace ya muchas décadas, en un campo recóndito del Estado Sucre, las pocos ranchos de campesinos eran regidos por Lencho, su comisario. Mejor dicho, los campesinos trataban a toda costa que Lencho estuviera a la altura de su cargo, pues él era muy dado a los placeres más bajos de Baco, sin que los dos se conocieran en manera alguna. Muchos eran los chistes que le achacaban al pobre Lencho por esta debilidad.
Una mujer nacida en el pequeño poblado, pero que vivía en Puerto la Cruz desde hacía varios años, llegó allí de improviso en corta vacación, y al pararse el camión para que desembarcara ve a un cuerpo tirado como muerto en la carretera, y alarmada pregunta:

—¿Y quién es ese cristiano tirado en la carretera?
— ¡Ese es Lencho, mija, que está más perdío que nunca! A lo que responde la visitante,
—¡Qué desgracia. Còmo se ve que la autoridad de este pueblo anda por el suelo!

Pero lo que no tiene nombre es el día que amaneció loco, por tener días sin comer y su solo alimento era el ron de los peores que se puedan vender. El pueblo cuidaba de él para que no se fuera para otra parte donde le pudieran hacer daño. En un descuido, pasó un camión que le dio la cola y Lencho desapareció. El pueblo envió comisiones para buscarlo y traerlo de regreso; y ya para la noche lo tenían a buen recaudo. Lo ensalmaron, pues alguien pensaba que estaba embrujado, lo alimentaron, y Lencho volvió a la normalidad.

Una semana más tarde, muy de mañana, pasó un buen amigo suyo, a quien Lencho respetaba. Lo amonestó y le dijo que quizá la próxima vez que eso sucediera no iba a tener tanta suerte.

–Mire señor Leoncio, para mí esto fue una brujería que me echaron, pues yo estaba bien.
–No Lencho, tú tienes que dejar de beber como lo haces. Tienes que dejar el vicio.
–Sí, así me dijo el doctor. Me dijo que dejara de beber por lo menos por seis meses.
–No seis meses, Lencho. Toma una decisión, ¡no bebas más nunca!
–¡Pueda que Dios quiera, señor Leoncio. Pueda que Dios quiera!

Y el señor Leoncio –entristecido– siguió su camino en su burrito.

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