CON LOS MÍOS, MIS PERROS Y MIS BURROS
«Papá Justo», mi abuelo, Justo Pastor González, papá de Choíta, oriundo de la Isla de Margarita, de El Valle del Espíritu Santo, hombre respetado en Cumacatar, Municipio Benítez del Estado Sucre, Venezuela, llegó a estas tierras en los últimos años del Siglo XIX, era agricultor, y para los primeros veinte años del XX ya tenía su propia hacienda de café y cacao, cuyos productos vendía a los compradores de estos frutos en El Pilar, la capital del municipio.Que yo recuerde «papá Justo» no se enfermó nunca. Choíta nos decía que en su juventud el abuelo había sufrido uno o dos ataques de paludismo, pero que fue un hombre fuerte y sano todavía la vida. A la edad de 97 años, por supuesto, la edad «se le vino encima» y mamá se lo quería traer a Carúpano para atenderlo. Papá Justo se aferró a su campo esta vez, y no le hizo caso. Ella, como sabía que él me oía, me escribió que en la próxima vacación de Semana Santa, por allá por los años 51 o 52 del siglo XX—yo estudiaba Radiotelegrafía en Caracas— me viniera a Carúpano y de allí fuese a Cumacatar a ver si conmigo accedía a venirse a Carúpano. Y así lo hice.
Al llegar a su rancho, me dijo «Yo sé a qué vienes tú. Choíta quiere que tú me lleves para Carúpano porque estoy enfermo. Mira Luis, mi enfermedad es que ya yo estoy muy viejo. Yo digo que tengo 97 años, pero eso es un cálculo que hago para cuando me pregunten mi edad. Es seguro que yo sea más viejo que eso. Mira hijo, cuando el primer centenario de la Batalla de Carabobo, —la de 1821, de la independencia de Venezuela— ya yo prestaba el servicio (militar). Para cuando la guerra de Pedro Elías Aristiguieta, de la guerra de La Libertadora (último intento para acabar con la dictadura del general Gómez , cuando él pasó por Santana, ya yo era bien adulto. Yo lo que me estoy muriendo es de viejo, Luis, entiende eso… Choíta lo que quiere es llevarme a los médicos para que me puyen (inyecciones) y me crucifiquen, y ¡ya yo no estoy pa eso! ¡Yo quiero morirme con los que estén aquí, con mis perros ladrando y mis burros rebuznando. Yo ya viví. Esto es todo. Dile eso a Chonchón (que así llamaba a Choíta).
Mamá entendió. Yo me regresé a Caracas. Mamá se trasladó a Cumacatar, y 15 días más tarde falleció como lo deseó. Entregando su alma en paz, rodeado de Choíta y sus otros hijos, acompados por sus mujeres e hijos. Y por supuesto, frente al rancho, sus perros y sus burros, quizás ignorando lo que estaba pasando.
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¡Qué vaina tan buena Dr. Hernández! Pura realidad que algunos incrédulos llamarían realismo mágico. Por favor siga compartiendo esos relatos.