EXAMEN MÉDICO VERGONZOSO
En los años sesenta, al ser seleccionado para una beca para estudiar mi último año en el Instituto Pedagógico de Caracas tuve que someterme a un riguroso examen médico, tal como si estuviera aplicando para un empleo en la empresa que me estaba otorgando la beca.
Como estaba joven y en buenas condiciones físicas salí excelente en todas las pruebas que me hicieron. Sin embargo, debía pasar por un examen final que me haría un médico internista.
Me hizo varias preguntas, no sólo referidas a mi persona, sino también en relación a mis padres. Hasta me hizo un electrocardiograma. Ahora le vamos a practicar un examen rectal. Debe estar totalmente relajado. Yo pensaba que se trataba de un examen con una máquina, pues no tenía la menor idea de cómo se realizaba ese tipo de examen. Nunca me lo había hecho.
Me puso de espalda, inclínese, y en fracción de segundos, ¡me sentí violado! Está muy bien, me dijo el doctor, pero yo estaba desconsolado. ¡Cómo es posible que ocurran estas cosas! Sólo me consolaba la seriedad y serenidad del médico, quien me dijo: ¡lo felicito, está usted en perfectas condiciones de salud! Siga cuidándose.
Yo estaba devastado. Esto no lo debe saber nadie. El secreto debe quedarse dentro de los muros de esta clínica. Bueno, al fin y al cabo, me imagino que esto debe ser protocolo científico. Y con este consuelo, me puse mi ropa y salí del consultorio.
Entre estos sentimientos encontrados, paso por frente a una señora bien mayor que limpiaba el pequeño salón de espera del consultorio, y ésta, con una sonrisa bien malintencionada me dice:
Eh, eh, ¡Y que virgen! Y dio la vuelta, burlona y divertida, ¡la muy…perversa!