EL TÍO LITO
Fue el primer hijo de Papá Justo. Al morir su mamá, Eladia Cedeño en Cumacatar, Choíta, aún menor de edad, asumió el mando de ama de casa por decisión de Papá Justo. Lito, el mayor y más díscolo de los hermanos, se sentía secretamente insultado. ¡Cómo era posible tener que acatar órdenes de quien le seguía en edad, y para mayor desgracia, ¡de una mujer! Aguantó el yugo unos pocos años, y ¡desapareció de la casa! La única escuela que tuvo fue una asistencia irregular y muy breve a las clases del Maestro Maximiliano en Canchunchú.
Cuando reapareció, ya veintiañero, Lito era barbero, y unos años después tenía su “Barbería La Esperanza”, en una casa que alquiló en Calle Larga de Carúpano, en un sector que estratégicamente se encontraba entre la botica del doctor Modesto Hernández y la casa del señor Santelli, que era químico; ambos personajes de alta estima por la población carupanera de los últimos años de la década de los treinta… Aprendió muchísimo de ellos…
El jabón para afeitar, el aceite perfumado para el pelo —que se usaba en la época— el perfume para la cara, ¡los procesaba él mismo! Hacía un amargo para echarle al ron que lo convertía en un remedio para ciertas incomodidades de indigestión, además de hacerlo un delicioso aperitivo. Creíamos que ese conocimiento lo aprendió del viejo Santelli.
Por otra parte, el tío Lito hacía unas pomadas que servían entre otras cosas para curar llagas; también purgantes. ¿Aprendido del viejo farmaceuta Modesto Hernández? Probablemente fue así. Pero además –me confió cuando ya yo era adulto– que se inscribió en una escuela por correspondencia de Argentina, si mal no recuerdo, Escuelas Suramericanas, o algo así— y tomó el curso de ¡química industrial!
Lo que considero su tesis de grado, o tarjeta de presentación profesional era un frasco de casi un litro, lacrado elegantemente, con una etiqueta de colores, en la que se leía “Elixir Guaicaipuro”, que se publicitaba como un antianémico eficaz.
Lo acompañé muchas veces en sus viajes de Punta de Mata a Viento Fresco, los fines de semana. Con una maleta llena de sus pomadas, purgantes para la lombriz, y su antianémico. Recorríamos a pie Viento Fresco, ofreciendo sus productos, y muchas veces, como no tenían dinero para pagarlos, regresaba a Punta de Mata, con su maleta llena de huevos, verduras, “mariquitas” y “reales” (monedas de Bs. 0,25 y 0,50, respectivamente) con la satisfacción de haberles servido.
Conversando sobre esta anécdota con un Guardia Nacional oriundo de Cumacatar, hoy jubilado con el grado de General y además abogado, me contó: “Te sorprenderás que yo tuve a ese tío tuyo preso en Caripito por allá por los años cincuenta, por vender medicinas ilegales. Y al decirme que él no era un delincuente, que era de Cumacatar y contarme su historia lo solté. ¿Y sabes una cosa, me regaló una de sus pomadas, la cual usé para curarme una especie de sabañón, ¡y esa vaina me curó rápidamente!” ¿Qué habría sido del tío Lito si hubiese tenido acceso a la educación formal?
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