MARÍA CHICHO
Qué gran mujer fue María Chicho..Y simpática. Siempre tenía a flor de labios algo que contar. Tenía un físico de persona mayor permanente.. Quiero decir, que la conocí mayor y pasaron años y años, y siempre tenía la misma cara, las mismas arrugas.
La conocí en Cumacatar. Vivía a unos seiscientos metros de la casa de Papá Justo, subiendo a mano izquierda al comienzo del camino hacia Guaruchal. Allá tenía su lindo rancho de bahareque. Recuerdo sus tendidos de tiras largas de majaguas: cortezas del árbol llamado también majagua, desprovistas de la corteza áspera exterior. Con esas tiras, una vez secas al sol hacía cabuyas, y con las tiras más finas tejía ciertos aperos de burros, yeguas y caballos, tales como: gruperas, fajas, cinchas, etc.
A su primer hijo no lo conocí. Pero sí a Emiliano, quien de muy joven se fue a Puerto la Cruz, a trabajar en las compañías petroleras, y luego a Caracas. Fue de los primeros líderes sindicales de la Venezuela de entonces; a Juan, músico autodidacta, quien siempre vivió en el Estado Sucre, y tocaba violín; Chon, quien también vivió en Puerto la Cruz, Caracas y Carúpano. Fue ayudante de zapatería y más tarde, comerciante ambulante. Lorgia, quien casó con un hijo de Papá Justo, Chilón –Atilio González– y su último hijo, Pedro Luis, con quien hice una gran amistad de muchos años.
Como decía anteriormente, María Chicho siempre tenía una anécdota a flor de labios. Una vez me contó que cuando estaban construyendo la carretera Carúpano–El Pilar, vía de tierra, cuando llovía se hacía insoportable. Y que en una camioneta, quizá la de Guillermo Marchán,, una pasajera incomodada le dice al conductor: “¡Señor, no podría hacer que el carro no brinque tanto, estoy a punto de marearme!”
—Perdone señora, es que la carretera está patucosa. La señora le responde airada
—¿Pa mi cosa? Será pa su culo, señor, ¡respete!
Pero la anécdota memorable de María Chicho fue la que protagonizó con su hijo Perucho, cuando andaba a la caza de una muchacha vecina. Un día en que se creía solo en la casa, persuadió a la muchacha a entrar. Cosa que logra. Pero Perucho, conociendo bien a la mamá, revisa para asegurarse que no hay moros en la costa. Logra que su amor se acueste en una hamaca. Y se lanza a la carga. Pero cuando llega a la hamaca, ¡sale Maria Chicho!:
—¡Aquí no, carajo; esta casa se respeta! La muchacha salta de la hamaca como una liebre, y desaparece. Y Perucho, sumamente indispuesto e indignado se devuelve y le protesta muy contrariado:
—¡¡Mi má con mamá, que no pue ve na!!
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